quinta-feira, 26 de setembro de 2013

San Cristóbal - patrón de Prádanos de Ojeda (1)



              
               Tras un estudio exhaustivo y bastante minucioso, recogido a lo largo de 20 años, y presentado al público en 1995, insignes estudiosos del Martirologio Romano = catálogo de todos los santos y beatos honrados en los altares por la iglesia católica romana, concluyeron que existen 6.538 cristianos, canonizados o beatificados oficialmente por los papas, incluso santos de la iglesia ortodoxa hasta el cisma que separó las dos iglesias, de Oriente y Occidente (1054). En aquel momento dirigían ambas instituciones el patriarca Miguel de Cerulario (Oriente) y el papa León IX (Occidente), respectivamente. La última edición del Martirologio Romano (2001) trae aquel número oficial, pero sabemos que el total de santos canonizados es, sin duda, mucho mayor, sobre todo porque existen casos en que se menciona apenas el nombre y se concluye con el clásico ‘y compañeros mártires’, lo que puede significar centenas o miles de personas santificadas y canonizadas. El martirologio es un libro que sirve de base al calendario litúrgico católico donde se determinan las fiestas religiosas patronales del año. Es también un documento que relata el tipo de memoria litúrgica o título canónico (apóstol, confesor, virgen, mártir etc), con algunas notas sobre la espiritualidad y hechos relevantes de su vida y obra, con milagros, fechas y locales que realzan y sobrelleven la canonización de cada santo en particular. En los primeros años del cristianismo se guardaba tradicionalmente la memoria de aquellos que morían por causa de su fe en Jesucristo: los mártires. Cada iglesia particular o diócesis conservaba su propio martirologio, donde constaban los ‘héroes cristianos’ que habían sufrido el martirio. De ahí se pasó a dar importancia litúrgica al día de su muerte denominado ‘dies natalis’, conmemorando y celebrando su memoria en templos, iglesias o cementerios/camposantos en que se localizaban sus reliquias, y casi siempre señalado con una estrella a más en el firmamento glorioso de la llamada iglesia triunfante. A partir del siglo XVI, la iglesia católica unificó los diversos martirologios existentes en un documento único o universal, donde se nombran todos los santos y beatos reconocidos como tales por la autoridad eclesiástica. El primer Martirologio Romano fue obra del cardenal Cesare Baronio (1538-1607), historiador y cardenal italiano, miembro de la congregación del Oratorio. Su obra Annales ecclesiastici representó las primeras piezas reales de la historia eclesiástica, con base en una análisis crítica, cuidadosa y profunda de las fuentes documentales.
        Antiguamente, los santos eran aclamados vía vox populi = por aclamación popular. Era un acto espontáneo de la comunidad cristiana. Pero a fin de evitar abusos, los obispos de cada lugar se responsabilizaron oficialmente en declarar los santos de cada diócesis: san Cipriano de Cartago/África, a mediados del siglo III, ya recomendaba que se observase la máxima diligencia, cuidados y prudencia en la investigación sobre los presuntos cristianos muertos por su fe en Jesucristo. Debían investigar mediante un examen riguroso todas las circunstancias que habían acompañado su martirio, el carácter de su fe cristiana  y los motivos que les habían animado a practicar tal acto heroico a fin de evitarse casos espurios de personas que no merecían aquel título eclesiástico. Ya a los santos reconocidos por la iglesia se les asignaba un día de alegría y fiesta, por lo general el aniversario de su muerte. A finales del siglo X se aprobaron los dos primeros procesos canónicos, siendo el primer santo canonizado, oficialmente, san Ulrico de Augsburgo [bispo y figura importante de la iglesia católica en el inicio del Sacro Imperio Germánico (973)], y la primera mujer canonizada, santa Wiborada, mística y mártir, patrona de los bibliotecarios  y de gran popularidad en los cantones suizos (1047). Después de las oraciones, y cuando los horarios lo permitían ornamentaba los códices y manuscritos de la biblioteca en su Monasterio de San Galo/Suiza. Gracias a sus dotes místicas alertó a los monjes y monjas de aquellos territorios sobre la invasión húngara, y así pudieron salvar sus vidas y las ricas bibliotecas conventuales.
      
Para llegar a ser santo, el llamado siervo de Dios deberá pasar por cinco etapas (años): 1ª) se postula la causa (‘nihil obstat’); 2ª) se le (a) declara siervo (a) de Dios –informe sobre su vida y virtudes; 3ª) es considerado venerable (¿vivió virtudes heroicas?); 4ª) se la declara beato (a) –autenticación de un milagro; 5ª) es declarado (a) santo (a) – autenticación de dos milagros. La canonización realizada oficialmente por el papa concede a los santos católicos la posibilidad de un culto público en los altares,  asignándoles un día de fiesta, y ser patronos y protectores de iglesias, ermitas y santuarios. Muchas personas levianas confunden el culto que se debe dar a los santos. Así para evitar malos entendidos (principalmente de personas ajenas a los pareceres de la iglesia), la Congregación para las Causas de los Santos pronuncia solemnemente una fórmula ya clásica: ‘…inscribimos en el catálogo de los santos, y establecemos que en toda la iglesia sean devotamente honrados entre los santos’… Así, el verbo honrar para quien no lo sabe o lo ignora significa, en el diccionario oficial de la lengua española: ‘estimar y respetar, tener buena opinión y buena fama, adquiridas por la virtud y el mérito’. En ninguno de los diversos significados consta adorar. Y cuando se emplea el verbo venerar, igualmente se quiere decir ‘respetar  en sumo grado a alguien por su santidad, dignidad o grandes virtudes’. Claro, como en todas las cosas, existen personas tendenciosas que por ignorancia o maldad (y hasta por ingenuidad) no saben o no quieren aplicar el debido significado a los conceptos eclesiásticos, generalmente por despechos espurios, instintos recalcados, envidias, odios embutidos e intolerancia religiosa. Por lo demás, como dice el evangelio, ‘no déis las cosas santas a los perros, ni lancéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisen debajo de sus pies y, volviéndose contra vosotros os despedacen' (cf Mt 7, 6). Realmente mucha gente no posee capacidad interior y equilibrio organizado de comprensión y sabiduría.
       Todo este razonado tiene a ver con el patrón de Prádanos de Ojeda, nuestro ‘hermoso’ y fuerte gigante, san Cristóbal de Licia (248-304), considerado uno de los padres del desierto (lugar alejado/solitario) o del yermo (como se decía antiguamente). Tratase de un santo mártir cristiano con diferentes o distintas tradiciones, pero todas desembocan en un mismo lugar: fue un santo de mucha popularidad en todos los tiempos. Por eso, resultaría fastidioso citar  las causas, profesiones, ciudades/villas/pueblos y corporaciones o asociaciones de todas las cuales san Cristóbal es considerado patrón y dignísimo protector. Sean, por ejemplo, estas que yo cito: san Cristóbal es patrón de ‘viajeros, barqueros o navegantes, marineros, aguateros, atletas, mozos de cuerda, vendedores de fruta o fruteros, arqueros y hombres solteros. Además es celebrado por conductores de taxis y autobuses, automovilistas, camioneros. Es invocado en caso de tempestades, tormentas, granizos y rayos y contra el dolor de muelas. Y, principalmente, es patrón de incontables ciudades y pueblos tanto en España Europa cuanto en Hispanoamérica ej.: La Habana (capital de Cuba), de Rab (actual Croacia), ciudad y diócesis de San Cristóbal de la Laguna (islas Canarias), San Cristóbal/Venezuela, etc. Pero entre todas las ciudades y pueblos de los cuales san Cristóbal toma cuenta y cuidados especiales está nuestro pueblo, Prádanos de Ojeda/Palencia. Es un santo tan importante y popular que su fiesta se celebra  tanto en la iglesia católica como en la iglesia ortodoxa, un caso raro de conmemoración compartillada. La tradición católica, transmitida por la obra Áurea legenda/Leyenda dorada (1260/80) del arzobispo de Génova (dominico, y considerado un ‘santo’ no canonizado), Jacobo de la Vorágine (1230-1298), es considerada la más célebre recopilación de leyendas piadosas en torno a los santos, y desde luego la más influyente en la iconografía pictórica y escultórica religiosa del Renacimiento. No tiene carácter histórico o científico, pues no fue escrita para eruditos y sí para gente del pueblo como libro de devoción ‘para conocer modelos de vida dignos de ser emulados’ o imitados. De muchas de esas historias no hay fuente comprobada y no existe sentido crítico sobre los hechos, pero el prestigio de esta obra fue inmenso entre los artistas del movimiento renacentista y barroco, ya que se utilizaron sus conmovedoras historias para pintar y esculpir muchísimas escenas devotas. Jácobo de Vorágine nos describe a san Cristóbal como un gigante cananeo (con casi 2m de altura): después de su conversión al cristianismo ayudaba a los viajeros y peregrinos a atravesar el peligroso vado de un río caudaloso, y lo hacía llevándolos sobre sus hombros fuertes y robustos.          
San Cristóbal de Licia  (actual Kinit) = antigua región marítima (una península) del sudoeste de Asia Menor (actual Turquía) fue anexada a Panfilia, y se convirtió poco después en provincia romana (43 dC). Posiblemente, el vado de que se hace mención en la vida de san Cristóbal sea el río Janto y su fértil valle a lo largo de 50km entre el Mediterráneo y su naciente en el monte Araxá. En sus orillas se encontraba Janto, principal ciudad de Licia, a 7km del mar. Caminos recorrían el valle, y el cruce del río pasaba por Janto, dándole importancia estratégica. A lo largo del valle los pueblos y ciudades ocupaban las pendientes montañosas donde san Cristóbal practicó la vida de anacoreta y la caridad cristiana no sólo pasando a los viajeros al otro lado del río como también defendiéndolos de asaltantes y bandoleros que infestaban la región. La ciudad de Janto fue centro local importante en tiempos del rey Darío II de Persia. Según el geógrafo Estrabón, Licia encabezaba una confederación de 23 ciudades que se reunían en Letoon (proximidades de Janto). Por último, Licia fue el último estado helenístico a ser incorporado formalmente al imperio Romano, con status de provincia y conformada en una unidad cultural y geográfica especial. Esta región, en el imperio Romano tardío (278 dC), se caracterizó por la proliferación de bandidos (por lo menos así considerados desde el punto de vista romano). Fue famoso Lidio el Isáurico: actuó en Licia y Panfilia, pero finalmente fue reducido por las fuerzas romanas. Algo que llama nuestra atención son los costumbres licios a favor del matriarcado, detallados por Heródoto, sobre todo cuanto al libertinaje sexual de los licios, quienes no estaban seguros de quién era su padre. Por eso, si a uno se le preguntara quién era y de qué familia procedía, respondía repitiendo el nombre de su madre y de sus abuelas, y no del padre. En Letoon y Janto se hablaban tres lenguas: el licio, el arameo (lengua administrativa) y el griego (después, el latín)     
           Según la leyenda y tradición católicas, san Cristóbal fue hijo único (de estatura aventajada, un gigante) de un rey cananeo (o de Canaán, nombre que los romanos cambiaron para Palestina,  zona con larga historia en las costas orientales del mar Mediterráneo, más conocida como ‘pueblos del mar’). No hay certeza, pero debió haber nacido en Biblos, Tiro o Sidón, tres importantes ciudades fenicias. Curiosamente, fue conocido por su nombre de guerra: Relicto, Ofero o Réprobus (en latín ‘réprobo o malvado’, pero en arameo rabrab > significa ’gigante’). Se dice que su aspecto era horroroso, con rosto de perro, y decía a todos sus conterráneos que deseaba estar al servicio de un señor digno de su fuerza y robustez. San Cristóbal, derivado del griego Christophorus = el ‘portador de Cristo’, evidentemente cristianizado como quieren algunos, o etimológicamente ‘lanza ungida/salvadora’, en alusión a su altura de 12 ‘codos’ = si llevásemos a serio esta medida, San Cristóbal sería realmente una ‘lanza’ con 5m, visto que cada codo equivale a 0,42cm de largura. Pero, combinemos una cosa: el número 12 siempre aparece como símbolo de perfección o de relevancia. Por tanto, debemos entender esa medida como sinónimo de hombre admirable, robusto, inigualable, casi perfecto físicamente. Apenas eso. San Cristóbal nació con el nombre de Ofero (en griego, ‘lanza’), y vivió durante el siglo III. Como sabemos por la historia, en torno del año 278 existían en Licia frecuentes asaltos, y san Cristóbal defendía a los transeúntes, viajeros y peregrinos, de todos esos maleantes, es bien posible que el santo tuviese a esas alturas unos 30 años, lo que supone haber nacido en torno de 248. Su longa vida de casi 60 años al menos en aquellos tiempos, nos permite deducir que su enorme fuerza física le tornara orgulloso, soberbio y fanfarrón, pues quería servir apenas aun señor más temible que él mismo. Su muerte debe haber acontecido tras el cuarto y último edicto imperial de Diocleciano (244-305)       
   Este emperador romano rehabilitó las viejas tradiciones de Roma, incentivando el culto a los dioses antiguos. Persiguió a los maniqueos practicantes de una religión persa. Y también emprendió aquella que los historiadores eclesiásticos consideran la penúltima y gran persecución contra el cristianismo: la era de los mártires. Debido a su fuerte y tradicional personalidad, el abandono de rituales paganos a favor de una religión de origen extranjera significó algo inquietante para el imperio Romano ya mal de las piernas y de la cabeza. El augusto parece haber cedido  a las insistentes propuestas de su césar, Galerio, hombre de origen humilde pero como soldado y adepto del paganismo juzgaba la presencia de funcionarios cristianos en la corte perniciosa e intolerable, sobre todo cuanto a los sacrificios y otras prácticas rituales. El pretexto para la persecución fue un sacrificio en el palacio imperial de Nicomedia, oficiado por Diocleciano. Los cristianos presentes tendrían hecho gestos provocativos diciendo que los dioses paganos eran demonios idólatras. Sea esto verdad o no, en el año 303 salió el primer edicto imperial > ordenaba la destrucción total de iglesias, objetos de culto cristianos y la destitución de funcionarios adeptos de la nueva religión. Enseguida, salió el segundo edicto > se ordenó la prisión general del clero cristiano; en un tercer edicto > se daba la libertad en caso de apostasía. Por fin, se dio el cuarto y último edicto (304) > ordenaba a toda la población del imperio Romano a sacrificar a los dioses paganos bajo pena de muerte o trabajos forzosos en las minas. Curiosamente, en su lecho de muerte, Galerio pidió oraciones a los cristianos por su restablecimiento. Un edicto de tolerancia del mismo Galerio abriría camino al famoso Edicto de Milán (313) – éste firmado por Licinio y Constantino. En él, no sólo se tolera el cristianismo como se le reconoce como una de las religiones oficiales del imperio. Y, más tarde, única religión oficial…
        La leyenda nos cuenta que san Cristóbal de Licia después de buscar por diversos lugares hombres más fuertes y corajosos que él mismo, aceptó al propio Satanás en persona como su amo. Pero al saber que el diablo temía al nombre de Dios y a la señal de la santa cruz, renunció a su servicio y busco quien le indicara como servir al Dios de los cristianos. Y aquí comienza la leyenda propiamente dicha y más interesante sobre la vida y obra espiritual de san Cristóbal, eremita y mártir de la iglesia católica. Ofero entonces tomo como guía espiritual a un ermitaño que vivía en los alrededores de Janto. El eremita tenía como obra de caridad indicar a los viajeros, o peregrinos que demandaban la Tierra Santa, los lugares más seguros por los cuales podían atravesar el peligroso río Janto > la metáfora sobre este río dice que ‘fue creado por los dolores de parto de la diosa Leto’, cuyo templo El Letoon fue designado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (1988). Cuando el ermitaño entregó su alma al Creador, Ofero tomó su lugar, y debido  a su fuerza y estatura prefirió transportar los viajeros en sus hombros de un lado a otro del río turbulento y peligroso. Nos cuenta la leyenda que un día, un niño pequeño y aparentemente frágil, le pidió que le pasara a la otra margen del río. Ofero le tomó en sus hombros, pero quedó atónito por el peso desproporcional de aquel muchacho. Sorprendido por tal acontecimiento sin explicación lógica, el niño le reveló su identidad: era Jesucristo, y el peso excesivo para sus hombros musculosos eran los pecados del mundo que cargaba sobre sí. Jesús le bautizó, le instruyó para que fuese a predicar a Samos y Licia, dos ciudades importantes de aquella región y a convertir a sus ciudadanos. En esas ciudades realizó numerosos milagros, entre los cuales hizo crecer su propio báculo transformándolo en un árbol fructífero. Dagón, el prefecto de Licia, enfurecido por la conversión a la fe cristiana de sus súbditos, profanó iglesias y casas de cristianos y ordenó la muerte de muchos convertidos a la fe de Jesucristo. A Ofero, le metió en la cárcel donde fue torturado y decapitado según las órdenes del emperador Diocleciano.
        La leyenda nos relata los tres acontecimientos principales de la vida de san Cristóbal: su servicio al Señor más poderoso del Mundo, la historia del Niño Jesús y el martirio del santo. Cuanto al primero, se dice que san Cristóbal ofreció sus servicios al rey Felipe de Licia (del griego, ‘país de lobos’), un rey perverso y despiadado, un soberano que imponía su voluntad con puño de hierro. Sin embargo, un día le vio temblando de miedo y, en consecuencia, quiso saber por qué motivo tremía tanto, él un rey poderoso. El rey le dijo que tenía su alma vendida al diablo y que temía al ser infernal. Entonces Ofero respondió: ‘si temes al diablo, él es ciertamente más poderoso que tú. Por eso, a partir de este momento sólo quiero servir al demonio’. El gigante que todos temían ahora se puso al servicio de Satanás, y buscó a un brujo para que se lo presentara. El brujo no perdió tiempo a trueque de algunos favores, y emprendieron la búsqueda en lugares soturnos. En el camino, el brujo evitó pasar cerca de una cruz de piedra y se puso a temblar como ocurrió con el rey de Licia. Ofero, intrigado, reclamó de su comportamiento ridículo, pero el brujo retrucó: ‘no tengo miedo de la cruz, sino de quien murió en ella’. Ofero entonces preguntó al brujo si el demonio temía a Jesucristo, a lo que éste respondió: sí, el diablo teme a ese Jesús con sólo mencionar la cruz donde Él murió para salvar a la humanidad de sus pecados. Ofero decidió servir a tan poderoso señor que aun después de muerto hace al Príncipe de las Tinieblas temblar de miedo. En otras versiones, el brujo es el propio Satanás disfrazado.       
                  A partir de ese instante, Ofero, o san Cristóbal como quieran, buscó a su nuevo amo y señor a quien no conocía, pero al cual ya había jurado ser su más bravo y leal soldado. Vagó por las redondeces de Janto, en Licia: a todas las personas preguntaba cómo podría servir a Jesucristo, y nadie conseguía responder a su indagación. Hasta que un día se encontró con un ermitaño, y éste, absolutamente convicto, le dijo con cariño: ‘mira, aquí al lado de mi celda, hay un río donde suelen morir muchos que intentan atravesarlo. Tienes una buena estatura y fuerzas como nadie. Entonces, podrás pasarlos a la otra orilla sobre tus hombros. Ahí encontrarás a la persona que te dará la respuesta perfecta que tú tanto buscas’. Y así comenzó su tarea diaria de pasar a viajeros, tan sólo apoyado en una vara gruesa y resistente. Ofero se tornó portador de viajeros o atravesador de ríos. De hecho, en aquella época existían pocos puentes y resultaba difícil atravesar los ríos, sobre todo cuando se trataba de corrientes turbulentas y caudalosas. Curiosamente, uno de los oficios más procurados en aquella época era ser portador de viajeros. Por una remuneración cualquiera, hombres corpulentos y vigorosos pasaban a las personas de un lado a otro de los ríos. Ese fue el empleo u oficio de san Cristóbal y, por eso, es considerado el patrón de viajeros, caminantes, barqueros etc. Era un profesional tan bueno y dedicado que aunque no tuviesen dinero a nadie negaba sus servicios de atravesador de ríos.
               La historia del Niño Jesús comienza de esta forma: Ofero empezó su empleo diario cruzando el río Janto de una orilla a otra, y a todas las personas a quienes transportaba sistemáticamente preguntaba dónde y cómo podría servir a Jesucristo, pero nadie le daba una respuesta convincente. Hasta que un día al cruzar la corriente cargando a un niño que surgió de repentinamente, casi de la nada, a quien ni siquiera indagara adonde se dirigía por aquellos andurriales, casi perdido... ¿Qué respuesta le iría dar un niño tan frágil y medio perdido, sin nadie a socorrerlo? Pero cuál no fue su gran sorpresa, cuando a la mitad del camino la corriente comenzó a subir, el niño se hacía muy pesado como un costal de plomo y juzgó estar transportando el mundo entero en sus hombros. El peso casi le derriba y por poco no se ahoga junto con su carga divina. Sólo a costa de mucho sacrificio y poniendo en vilo todo su coraje y enormes esfuerzos consiguió llevarle a la otra orilla del río. Curioso y precavido, Ofero indagó del pequeño muchachillo: ‘¿quién eres tú, niño mío, que me pesaste tanto, y llegué a imaginar que era el mundo a quien estaba cargando en mis hombros?’. Y el niño, que no era otro sino el propio Jesucristo, le respondió con llaneza: ‘tienes razón, Ofero, peso más que el mundo entero porque sobre mis hombros cargo con los pecados de todos los hombres. Yo soy Jesucristo. Llegaste a buscarme en varios lugares, pero sólo aquí conseguiste encontrarme: sirviendo a tus hermanos necesitados. Desde hoy en adelante, tu nombre será Cristóbal. Al ayudar a cualquier persona a cruzar el río, me estarás ayudando a mí en la figura de tus hermanos. Fija en la tierra este árido tronco que te sirvirá de báculo: mañana lo verás no sólo florido sino también coronado de frutos’. Entonces el Niño Jesús desapareció, y a la mañana siguiente como vaticinado el tronco se tornara una bella palmera repleta de frutas.
       Después de ese episodio, Cristóbal y no más Ofero, recibió el bautismo de las manos del patriarca Babilas en la basílica de Antioquía. Los comentaristas cristianos dicen que san Cristóbal cargó a Jesucristo de cuatro maneras: en sus hombros recios y fuertes, en sus labios que pasaron a evangelizar a las gentes de Samos y Licia, en su corazón que se abrasaba en practicar la caridad cristiana y dedicarse a sus hermanos licios, y en todo su cuerpo y en cada tortura sufrida por su fe en Jesucristo en la hora del martirio. Un ejemplo que debe ser conocido por nuestro pueblo, por todos los habitantes de Prádanos de Ojeda y adyacencias. San Cristóbal, después de haber recibido el bautismo, empezó a evangelizar sobre todo en Samos, siempre acompañado de su bastón florido: fue un predicador elocuente y determinado, sobre todo porque iluminado por el Espíritu Santo como consta en la leyenda de su vida. En ese tiempo, el emperador romano Diocleciano ordenara perseguir a los cristianos y exigir de ellos que sacrificasen a los dioses paganos. Dagón como prefecto urbano de Licia cumplió al pie de la letra las ordenaciones del siniestro emperador romano, uno de los hombres más crueles de la historia y terror permanente de los cristianos. San Cristóbal presintió que su vida estaba en peligro, y así se arrodillaba y oraba constantemente para que se cumpliese la voluntad del Señor Jesús como él rezaba. En cierta ocasión escuchó una voz que le decía: ‘no temas, Cristóbal, yo estoy contigo’. Así, bien dispuesto y lleno de fortaleza divina fue presenciar cómo eran torturados los que confesaban públicamente la fe en Jesucristo. De repente, enaltecido por el espíritu de Dios, clamó en medio de la multitud que asistía a aquel espectáculo: ‘también yo soy cristiano, y no iré sacrificar a los falsos dioses que vosotros adoráis’. Inmediatamente fue detenido y llevado al tribunal del prefecto Dagón. Al principio, intentaron persuadirle, le tentaron con dos prostitutas (Niceta y Aquilina) que convencidas por la fe de nuestro santo se convirtieron al cristianismo y también murieron martirizadas a mando del impiedoso Dagón. Le mostraron igualmente los suplicios y tormentos a que eran destinados los que preferían confesar la fe cristiana. Pero san Cristóbal no se dejó convencer por todos aquellos risibles argumentos llenos de falacia. El prefecto entonces ordenó que fuese flagelado con varillas de hierro, pero nuestro santo continuaba a entonar cánticos de loor y agradecimiento al Dios de los cristianos. No contentos con el castigo, los esbirros colocaron sobre su cabeza un casco de hierro al rojo vivo. A continuación fue tendido sobre una parrilla enorme para ser quemado a fuego lento, pero la sartén se derritió sin que el santo sufriera cualquier quemadura. Por fin, intentaron materle a flechazos, atado a un árbol, pero las flechas se desviaban del blanco pretendido por sus verdugos sin que ni una siquiera tocara en su cuerpo. Sin embargo, una se desvió y fue acertar el ojo del prefecto. Enseguida se dejó oír la voz del santo mártir, dirigida con entereza a Dagón: ‘el Señor ya preparó mi corona… Cuando la espada separe la cabeza de mi cuerpo, unge tu ojo con mi sangre mezclada con el polvo de la tierra. Al punto quedarás curado, y entonces conocerás quien te creó y quién te ha curado’. Al día siguiente fue decapitado en la cárcel de Licia, y el malvado Dagón recuperó la vista como el santo anunciara, y luego después se convirtió al cristianismo.
         El culto a san Cristóbal de Licia tuvo origen en las iglesias de Oriente, llegando más tarde a Sicilia y de allí se extendió por el  Occidente a partir de Constantinopla, (siglo V). Durante la Edad Media, fue uno de los santos más venerados, y en su honor y patrocinio se erigieron muchas iglesias, ermitas y monasterios tanto en el Oriente durante el imperio Bizantino como en el Occidente en tiempos de Carlomagno. Las fiestas patronales de san Cristóbal ocurren en 9 de marzo (iglesias y pueblos de Oriente) y en 10 de julio según la tradición hispánica o culto mozárabe para dejar libres los festejos del patrón de España, Santiago Apóstol, que se celebran el 25 de aquel mes. En Occidente, la festividad de san Cristóbal es precisamente el 25 de julio. En numerosos pueblos y ciudades de España se han incrementado las celebraciones en honor de san Cristóbal, principalmente a partir de principios del siglo XX, formándose asociaciones y hermandades con titularidad de nuestro santo patrón como los automovilistas, los camioneros, los taxistas y los conductores en general, unidos todos en honor de san Cristóbal, el santo de los viajeros por tierra y de los navegantes por mar, ríos, lagos, canales etc. En muchas poblaciones –principalmente el segundo fin de semana de julio más próximo al 10 de ese mes-, se festeja el día del santo con verbenas, comidas típicas, juegos deportivos, bendiciones de vehículos, misas, procesiones con la imagen del santo etc. San Cristóbal ha sido venerado como ‘uno de los 14 santos auxiliares más festejados del mundo cristiano’, sobre todo como santo patrono y protector del chófer español y de influencia hispánica. Muchas iglesias declaran tener reliquias de san Cristóbal (¿!?), entre ellas la catedral de Morelia/México: sustenta haberlas recibido del papa Paulo III con motivo de la inauguración de la diócesis (1536). Actualmente, san Cristóbal está de baja en el calendario litúrgico: el papa Paulo VI suprimió algunos santos de cuya existencia no se tienen pruebas fidedignas e históricas (1969), aunque esto no quiera decir que san Cristóbal, san Jorge, san Marcelo, san Sebastián etc. estén ‘descanonizados’. Apenas se quiere insinuar que su celebración y veneración no es obligatoria en toda la iglesia. En compensación, continúa viva y palpitante su representación iconográfica y veneración popular por dos razones:  de culto y de veneración, considerados tradicionales por muchos como es el caso de Prádanos de Ojeda, cuya festividad se celebra el 10 de julio de cada año y así permanecerá entre nosotros por los siglos de los siglos. Amén.



sexta-feira, 16 de agosto de 2013

PRÁDANOS DE OJEDA - 'historia de La Ojeda (4)



                              
               
  La historia de Amaya = primitivo condado de la actual Castilla La Vieja -esta región llegaba hasta Palencia, Carrión y Saldaña al oeste (foto)-, se encuadra dentro de un contexto histórico importante: Alfonso III  (848-910), llamado el Magno, hijo y sucesor de Ordoño I y de su esposa, la reina Nuña, fue el último rey asturiano y primero de León. Llevó a cabo una fuerte actividad repobladora acogiendo importantes inmigraciones mozárabes. Además, consolidó  el río Duero como frontera meridional del reino astur y  dio continuidad  a la repoblación  de los territorios fronterizos iniciada por su padre. En 878, envió también tropas al norte de Portugal reconquistando Oporto y Coímbra, y alargando la frontera sudoccidental de su reino hasta el río Mondego. Con las  fronteras ampliadas, numerosos inmigrantes llegaron de toda la Península en busca de aquellas tierras [libertadas]. A partir de este momento, el reino de Asturias se engrandeció de forma espantosa (‘majestuosa’, dicen los anales) y mostró al mundo medieval sus extensos territorios de gobernanza. In continenti, se trasladó la corte de Oviedo a León, oportunidad esta aprovechada para dar a conocer el ‘reino de León’, y  así proceder a su división en Asturias, Galicia y León. Alfonso III realizó un enorme trabajo expansivo del reino en todas las frentes, y ayudó a cuantos rebeldes andalusíes se opusieron al dominio de Córdoba.
           Durante todo ese tiempo, Amaya permaneció capital del condado cántabro, tanto en el gobierno de don Rodrigo como en el de su hijo y sucesor, Diego Rodríguez el Porcelos. No olvidemos que la ciudad de Amaya fuera ocupada por Leovigildo cuando este incorporó a su reino la insumisa Cantabria (574). En la época, Amaya ya era la capital del ducado, pues hacia ella marchó Tarik en su campaña de aceifas (años 711/712). Los caudillos árabes dirigían sus fuerzas ante todo hacia las capitales de los ducados o provincias visigodas. Según la Crónica de Alfonso III, Tarik conquistara realmente Amaya, capital de Cantabria = una de las ocho provincias del reino visigodo. Posteriormente, Alfonso y Fruela retomarían por la guerra algunas ciudades perdidas como Amaya, Saldaña y Mave/Palencia (a escasos 11 kilómetros de Prádanos), entre muchas otras ocupadas por los árabes en los años de la reconquista. Las Crónicas (739-757) narran que el pequeño reino nacido en Covadonga/Canga de Onís se transformó en un gran territorio que se extendía ‘por la casi totalidad de la cornisa cantábrica, englobando toda Galicia al occidente y Álava con parte de la Rioja al oriente. Además hizo retroceder los asentamientos musulmanes hasta la vertiente sur de la Cordillera Central. Dentro  de las fronteras del nuevo reino de Asturias quedará comprendida la totalidad del territorio del futuro condado de Castilla’. En las Crónicas árabes, el topónimo  Galicia comprende no sólo la Galicia actual, sino también la mayor parte de la cuenca del río Duero y sus afluentes – entre estos, el río Pisuerga y el Arroyo Grande de Prádanos.
      Aún cabe resaltar la importancia de este texto concluyente: don Pelayo fue  el caudillo que inició la rebeldía  contra el poder musulmán y el que organizó el núcleo de resistencia asturiano; ya Alfonso I fue el que configuró el reino astur con sus fronteras, desde Finisterre hasta Guipúzcoa [pasando por Amaya], y como un baluarte de resistencia a lo largo de toda la cordillera cantábrica con un desierto protector delante de sí por más de 250km de profundidad. Tratase de  ‘una zona defensiva y de barrera, una especie de cinturón de desiertos’, en expresión del historiador portugués Alexandre Herculano. La Crónica de Albelda dice textualmente: Alfonso I ‘desertizó, hasta el río Duero los Campos que llaman Góticos y amplió el reino de los cristianos’. También las crónicas musulmanas hablan de las repoblaciones meridionales del reino astur: Astorga y León (854), Amaya (860), Sepúlveda y Salamanca (940). De hecho, no hay un sólo documento castellano o leonés en que se alegue la presencia de sus antepasados en las tierras de Castilla y de León antes de la llegada de los repobladores, ni reclame derechos de propiedades anteriores a esa repoblación. En cambio, son cientos los otorgantes o testigos que hacen remontar sus derechos sobre la tierra a los asentamientos de estos primeros repobladores que ocuparon aquellas tierras yermas y  abandonadas.
     La primera mención al nombre Castilla aparece en crónicas musulmanas: ‘se apoderó [Fruela I (722-768)] de Lugo, Oporto, Salamanca, Zamora, Ávila, Segovia y Castilla que formaban parte de Hispania. Este texto prueba la existencia de Castilla ya en el siglo VIII. Pero los historiadores se preguntan: ¿qué Castilla es esa?  Muy probablemente se trata de los condados de Amaya y Álava (parte de los territorios riojanos). Sin embargo, un escritor argumenta: de Castilla en los años anteriores a 789 lo ignoramos todo, así como sus posibles condes o imperantes. En realidad, el nombre de Castilla sólo aparece después de las campañas del emir Hisham I (788-796), cuando hubo una necesidad urgente de erigir innúmeros castillos para defensa y refugio contra las insistentes incursiones del enemigo musulmán, castillos eses que darían nombre a la región: Castilla o Los Castillos (en árabe, al-Quila). Además, los ataques árabes se dirigieron casi siempre ‘contra las tierras de Álava y Los Castillos, que por la tercera vez en  cuatro años tuvieron que sufrir el duro azote de la guerra’.  En 801, Abu Utman, penetró en Castilla hasta la zona del Pisuerga (Palencia, Carrión y Saldaña) donde resultaría herido; en 802, el nuevo gobernador, Amrus ibn Yusuf, atacó a los cristianos en Pamplona, Álava y Los Castillos - entre estos estaba el de Amaya… En repetidos episodios, Álava y Los Castillos se presentan como una unidad geográfica e histórica, diferente de Pamplona y Amaya. Y por ser la primera línea del reino astur fue objeto de muchas aceifas, visto que las huestes enemigas accedían fácilmente  por el valle del Ebro [poblado e islamizado hasta Nájera].
      En la historia, Amaya aparece también asociada al nombre de Vardulia, cuando se  pesquisa la antigüedad de Castilla. Entre las comarcas repobladas por Alfonso I (739-757) surge  ‘Bardulies’, una región que después del año 883 se llamará Castilla; su centro geográfico y capital regional estuvo en Amaya. El nombre de Vardulia, en la Crónica de Alfonso III, corresponde a la parte meridional de  la Cordillera Cantábrica > montañas de Burgos y Palencia donde se forman los ríos Ebro y Duero, respectivamente. Tratase de una denominación gentilicia del pueblo prerromano conocido como várdulos, con carácter pastoril y seminómada, asentado en las montañas cantábricas > resultó de una inmigración causada por presiones vasconas, pues ocupaban las actuales provincias de Guipúzcoa y Álava > área geográfica limitada al este por los ríos Urumea y Deva, y al oeste por el enclave y condado de Treviño. Las durísimas aceifas desencadenadas por los emires de Córdoba obligaron a esas comarcas a erizarse de castillos; más tarde (siglos XIII/XV) se constituirían en merindades, siendo Burgos la Merindad Mayor y su capital.
          Aquí cabe abrir un paréntesis sobre el término Merindad Mayor porque nuestro pueblo comenzó a tener visibilidad histórica a partir de esta división administrativa (siglo XII).  La Merindad Mayor de Castilla a la cual estuvieron asociadas 20 merindades menores – entre ellas, la de Monzón (3ª),  de la cual Prádanos de Ojeda y San Jorde formaron parte integrante – correspondía a una de las grandes demarcaciones territoriales del reino/corona de Castilla; a su frente estaba un delegado regio o Merino Mayor (siglos XIII/XV). Al desaparecer el condado de Castilla (711-1038) -se incorporó al reino de León en la persona de Fernando I (1016-1065)-, los antiguos territorios se estructuraron en nuevas demarcaciones administrativas con el nombre de merindades > un oficial real o merino regía estas demarcaciones. Históricamente, las merindades se dibujaron  en tiempos del rey Alfonso VII (1126-1157) y se perfilaron en el reinado de Alfonso VIII (1158-1214); esta división territorial (merindades mayores y menores) continuará vigente hasta 1833. En el Becerro de Behetrías de Castilla (1352) -a él ya nos referimos en otro apartado-, figura la Merindad Mayor de Castilla, con capital en Burgos – se extendía por casi 40 mil km², entre el rio Cea y reino de Navarra (E/O), y el mar Cantábrico y el río Duero (N/S) > comunidades de Villa y Tierra. Comprendía en su totalidad las actuales provincias de Cantabria y Palencia, así como la mayor parte de Burgos y Valladolid, y territorios limítrofes de Asturias, León, La Rioja, Soria y  Álava. La Merindad Mayor era subdividida en 20 merindades menores, una de ellas recibía el nombre de Merindad de Burgos con río de Ubierna, donde residía el Merino Mayor; Guipúzcoa, una merindad menor, pasó a Merindad Mayor en 1335.
        El Merino Mayor ejercía la jurisdicción real sobre las 20 merindades menores integradas en la Merindad Mayor de Castilla, aunque el Becerro de las Behetrías cita a penas 15 merindades menores. No constan Logroño, Bureba, Rioja/Montes de Oca y Allende Ebro/Álava; Guipúzcoa, la 20ª merindad menor, fue Merindad Mayor a partir de 1335. Y como dijimos, esta división administrativa persistirá hasta el siglo XVIII cuando es substituida por una nueva división tipo borbónico, ahora basada en provincias, intendencias y partidos. La extensión del régimen señorial y la generalización de los corregidores acabaron por eclipsar la figura medieval del merino. En 1502, Castilla se dividió en dos partidos, con sus respectivos Alcaldes Mayores: Burgos  (Campoo, Villadiego, Castrogeriz,  Candemuño, Santo Domingo de Silos, Río de Ubierna,  Montes de Oca, Bureba, La Rioja, Logroño y Nájera)  y Campos (Liébana/Pernía, Saldaña, Carrión, Campos, Monzón, Cerrato e Infantado de Valladolid).
    En los términos de la actual provincia de Palencia¹  existieron 7 merindades menores: (1)  Cerrato, capital Palenzuela = 56 poblados y 56 despoblados (2.200km²);  (2) Monzón,  capital Monzón de Campos = 75 poblados y 22 despoblados (1.328km²). A penas 70km separan Prádanos de Ojeda y Monzón de Campos. Sobre esta localidad, nada se sabe a lo cierto ¿cuando ocurrió su fundación? En 906 ya existían allí dos castillos importantes, y pertenecía al obispado de León. En pocos años se transformó en el condado más poderoso de la Tierra de Campos, gracias al imperante  conde  Ansur Fernández. Este conde fue hijo de Fernando Ansúrez, quien había desempeñado por nombramiento real el poderoso cargo de conde de Castilla y de Burgos a lo largo del siglo X (entre 916 y 929). La importancia e influencia  de la familia Ansúrez llegan al máximo esplendor cuando Teresa, hermana de Fernando Ansúrez,  se casa con Sancho I, el Gordo, rey de León (935-966). La familia Ansur o Ansúrez fue repobladora de la zona llamada ‘Montes de Oca’ (Burgos) = paso natural entre los valles riojanos y la meseta burgalesa. Por aquí pasaban los peregrinos que demandaban el Camino de Santiago; deberían atravesar el sistema Ibérico de montañas y superar el Puerto de la Pedraja (1.150m). En el reinado de Sancho I, la familia Ansúrez llegó a ostentar los dos cargos [conde de Monzón y conde de Castilla]; (3) Campos Góticos, capital Palencia = 50 poblados y 21 despoblados (1.852km²); (4)  Carrión, capital Carrión de los Condes =  78 poblados y 41 despoblados (1.475km²); (5)  Saldaña,  capital Saldaña = 153 poblados y  42 despoblados (2.106km²); (6) - Campoo/Los Valles, capital Aguilar de Campoo = 133 poblados y 22 despoblados (1.379km²) y (7) Liébana/Pernía , capital Cervera = 116 poblados y 15 despoblados (1.296km²).

¹  Estas merindades menores ultrapasaban los actuales términos de provincia, o sea, avanzaban sobre las provincias limítrofes de Burgos, León, Valladolid y Cantabria, respectivamente Además, a partir de 1352, seis pequeños cotos territoriales se habían segregado de sus merindades correspondientes ej.: Santo Domingo de Silos se tornó un coto abacial por orden del rey Fernando I. San Domingo (monje) emprendió entonces una magnífica obra románica (1073). Hoy sólo restan los claustros y la puerta de las vírgenes, del antiguo monasterio de Silos. La fama de santidad del abad y su canonización atrajeron miles de peregrinos a este lugar, ligado a  la historia del Cid  Campeador = Rodrigo Díaz de Vivar y su esposa Jimena.
          En todas estas particularidades, sobresale el nombre de Castilla. En un diploma (836) se habla de Cardiel y Villela, dos villas situadas en Castilla, cuya ubicación exacta no se conoce hasta hoy.  Un segundo  documento (el diploma Emiliano) cita el gobierno del conde don Rodrigo, señor de Amaya (836), cuando utiliza los términos Álava y al-Quila (Los Castillos, en  español). Y más aún: Álava, a partir del año 781 aparece casi siempre unida a Los Castillos = uno de los más importantes y estratégicos fue la Peña de Amaya. Pero una cosa es cierta: todos los cronistas que escribieron en árabe designan sin excepción  a Castilla con el nombre común de al-Quila = Castilla, y no como pretenden otros con el nombre de Qastiliya, que alude a una tribu bereber del norte de África, supuesto asentamiento en tierras del Alto Ebro. Así, todo apunta que el nombre de Castilla tuvo origen en los numerosos castillos, fortificaciones o torres defensivas para hacer frente a las investidas del enemigo musulmán.         
 El condado  de Castilla (711-1038) vivió  tres  etapas  de gran importancia:
     1º - afianzó las fronteras en el valle del Ebro, al este, en colaboración con el conde de Álava, Vela Jiménez. Este valle riojano  servía de puerta de entrada para  las razias (investidas) musulmanas contra Álava y Castilla. Así, tras la victoriosa campaña contra Albelda/La Rioja (859) - fortaleza del emir Banu Qasí Muza-, asturianos, alaveses y castellanos pasaron a controlar numerosas fortalezas alrededor. Desde entonces, Amaya se vio libre de las incursiones árabes. Y aunque los hijos de Musà II realizaron varias aceifas contra estas tierras, no consiguieron reconquistar sus antiguos territorios: cuando los árabes tentaron remontar el Ebro y atacaron Cellorigo, Vela Jiménez resistió al ataque; y cuando avanzaron contra Pancorbo, Diego Rodríguez también resistió. Sólo  consiguieron entrar por algún tiempo a través de  las orillas del río Arlanzón que aún no estaban suficientemente organizadas: Bermudo  Núñez, por ejemplo,  se vio obligado a abandonar  la defensa de Castrogeriz. Inmediatamente, Alfonso III ordenó a Diego Rodríguez Porcelos (884), que levantase una fortificación en el cerro de la margen derecha de aquel río, en Burchia (actual Burgos).
     2º - también entre los años 873 y 885 se efectuó la repoblación definitiva en  la ciudad de Oca, antigua Auca Patricia (Burgos), de importancia estratégica y sede episcopal de realce, en la época visigoda. A su alrededor siempre hubo muchos poblados y fortificaciones aunque no fueron organizadas por los reyes astures, y sí por abades y magnates o condes. La vida monástica fue muy activa en estos parajes; 
    3º - la expansión inmigratoria  fue intensa en  las orillas del río Arlanzón: los anales castellanos indican el año 882 para las repoblaciones de Ubierna, Burgos, Castrogeriz (antiguo Castrum  Sigerici visigodo) y Villadiego = fortificaciones organizadas por el conde de Amaya, Diego Rodríguez Porcelos; con él la zona tuvo amplio desarrollo. Este personaje -según se cree-  tuvo un final triste y oscuro. Según se cree se envolvió en una revuelta contra Alfonso III, y fue  ejecutado sin más contemplaciones (885). Sobre Vela Jiménez, conde de Álava (870-883), unido a la familia reinante en Pamplona, poco sabemos. Pero está fuera de duda que esas tierras eran de soberanía asturiana, conforme un diploma de Jaca (867). En esta época, Alfonso III se aproximó del reino navarro, antaño enemigo y aliado del emir Banu Qisá. Incluso se casó con Jimena, de la familia navarra Jimeno; el conde de Álava pertenecería a esa familia. Después de la tomada de Cellorigo, gobernó el territorio a mando del rey astur;
           Por otro lado, importa resaltar: los últimos años del reinado de Alfonso III fueron marcados por cuatro hechos significativos para los condados de Amaya y  Vardulia = territorios formadores del futuro reino de Castilla:
      a) el avance cristiano hacia el sur se detiene por un tiempo, a fin de proceder a una mejor organización territorial y defensiva, aunque la inestabilidad provocada por varias rebeliones, incluso de los tres hijos del rey, marca mucho más el momento histórico. Banu Qisá (y su familia) aún continúa siendo el enemigo externo (único) que amenaza la parte oriental del reino astur. En esta época, tanto Vera Jiménez (Álava) como Diego Rodríguez (Amaya), contienen los  avances sarracenos y, en seguida, saquean los territorios riojanos en poder de los árabes. Alfonso III entró en la fortaleza de Grañón (899) = último pueblo del Camino de Santiago en La Rioja;
    b) forzado por tensiones internas y externas, Alfonso III se ve obligado a dividir el reino asturiano entre sus hijos: a Ordoño II entrega Galicia; a Fruela II, el núcleo primitivo de Asturias; y a García I, los territorios foramontanos de León y Castilla. Hubo muchos descontentamientos y rebeliones, incluso del conde de Amaya, Bermudo Nuñez (909). Esta rebelión se vería apoyada por los hijos y la mujer de Alfonso III, obligando al rey asturiano a abdicar y retirarse a Bortes (actual Puelles/Asturias). Aún tuvo tiempo de ir como peregrino a Santiago de Compostela y, con permiso de su hijo García, enfrentó una vez más a los musulmanes en los alrededores de Zamora, donde murió (910);
   c) con la muerte de Diego Rodríguez Porcelos, conde de Amaya (885), ninguno de su linaje o de cualquier otro rango ocupó la dignidad condal. Los documentos encontrados sólo hablan del rey Alfonso III, que no quiso nombrar a nadie por temer alguna secesión en la zona más alejada del reino. En 882, aparece como conde de Castilla y también de Amaya, Munio Nuñez, presunto gobernante del condado castellano, cuyo territorio se extiende hasta Brañosera/Campoo (Montaña Palentina), pasando por las fortalezas de Amaya y Castrogeriz. Su hija Munniadonna o Nuña se casó con García I, rey de León y Castilla: tratase de la familia más poderosa de Castilla en aquel momento;
     d) en esta época, nuevos vientos soplan sobre el condado de Amaya, ahora casi olvidado y mermado en sus dominios.  Ascienden al poder el conde Gonzalo Téllez, dueño de Lantarón, Pancorvo  y Carazo (897), con dominio sobre los territorios que van desde el río Nervión (límites provinciales de Burgos/Álava) hasta la Sierra de la Demanda (límites provinciales de Burgos/La Rioja/Soria). También asciende al poder Gonzalo Fernández, nombrado conde de Burgos (899), con dominio sobre los territorios entre el río Arlanza y la zona de Espinosa/Escalada (norte de Burgos). Años más tarde, en 913, se recuperó la importante fortaleza sarracena de Grañón, ahora en definitivo. Después de estos acontecimientos, brillarán las estrellas de los tres condes citados arriba.    
      El conde de Amaya, Munio Núñez y su mujer Argilona, aparecen con frecuencia en la corte de León junto al rey García I (910-914): participa de los nuevos impulsos expansivos en dos frentes:  una, en dirección al río Duero,  y la otra en dirección al punto de convergencia de navarros, musulmanes y leoneses, al este del reino. Después,  desaparece de escena; a penas le vemos en su solar, Amaya = lugar desde donde emprendió la repoblación de Castrogeriz.    
        Don Gonzalo Téllez, conde de Lantarón, Pancorvo y Carazo -comarcas entre Burgos, Álava y la Rioja-  llevó a cabo varias expediciones militares con vistas a ampliar sus territorios en la cuenca del Alto Ebro. Levantó castillos, repobló la región de Osma y Grañón, avanzó con sus tropas por los valles del río Oja, y sometió las poblaciones musulmanas de Nájera y Calahorra. Como el anterior, frecuentó la corte del rey García (910-914). En la conquista de Arnedo, tuvo que abandonar la expedición y llevar al rey de vuelta a León, pues este enfermara gravemente durante la batalla. Años después, las tropas de Ordoño II y Sancho Garcés fueron fragorosamente derrotadas por los árabes en Valdejunquera/Pamplona (920). Por este descalabro se culpó a los condes castellanos; no tendrían acudido a tiempo al combate. Convocados por el rey leonés, les apresó, encadenó y mantuvo en cautiverio. Entre esos condes, estaba Gonzalo Téllez: a todos ellos les desposeyó de sus bienes, títulos y tierras, entregándolos a Fernando Díaz, probablemente hijo de Diego Rodríguez el Porcelos, señor y conde de Amaya.
       También en esta época brilló la estrella de Gonzalo Fernández, conde de Burgos y de Castilla (899-915), señor de Lara y de Amaya, punto de partida de la familia Lara, la más ilustre de Castilla. Enfrentó a los moros, extendió sus dominios hasta el río Arlanza, aparece en asambleas de magnates y nobles antes de la derrota de Valdejunquera (920); está además asociado al monasterio  de San Pedro de Cardeña, la institución monástica más influente en Castilla juntamente con el monasterio de San Domingo de Silos. Ya en 912 llevara la expansión castellana hasta las orillas del Duero repoblando la región de Gormaz y Haza. Fue nieto de Munio Núñez (conde de Amaya) y padre de Fernán González = conde de Castilla y Álava.
      La historia personal de Fernán González (910-970), conde de Castilla y de Álava, está revestida de glorias y leyendas, pues  este magnate castellano constituyó un poderoso linaje que alcanzó gran influencia política  -la base patrimonial de la familia fue el castillo de Lara/Burgos- en los reinos de Castilla y León. En 929, ya aparece al frente del alfoz de Lara y conde  [‘imperante’] de la parte oriental del reino leonés, llamada Los Castillos. En esta condición organiza expediciones contra los musulmanes (tuvo papel de destaque en Magerit/Madrid y Simancas), llevó repobladores a zonas extremamente peligrosas, actuó cada vez más con independencia frente al reino de León, y  reafirmó esta geopolítica autonomista al casarse con Sancha (hermana del rey de Navarra, García  Sánchez). En ese medio tiempo,  ocurre un hecho que llega de modo indirecto hasta Prádanos de Ojeda. Fernán González es agraviado por el rey Ramiro II de León  al nombrar a su ayo y protector, Ansur Fernández, como conde de Monzón. Este condado y su estratégico castillo bloqueaban la continua expansión y repoblamiento de Castilla hacia los territorios entre los ríos Cea y Pisuerga, al oeste, incluido el poderoso condado de Saldaña. Como venganza, él y Diego Muñóz = de este conde se dice que ‘reinaba entre Zamora y Castilla’, y había casado a su hijo, Diego Muñóz, con  Nuña, hija de Fernán-  tramaron contra Ramiro II (944), quien en contragolpe felino los colocó presos con hierros y los echó a la cárcel. Libertados, fueron obligados a jurar fidelidad al rey; Fernán a contra gusto casó su hija Urraca con Ordoño III, hijo y heredero del reino. Un arabista francés sospecha que Fernán González estableció algún tipo de alianza con el califa de Córdoba, visto que las razias cordobesas dejaron en paz a la debilitada Castilla, y se dirigieron a la parte occidental del reino.     
        Su fuerza y influencias no sufrieron menoscabo a pesar de todas estas complicaciones. Al contrario, después de una tregua con el califa de Córdoba, Al-Hakán II (961-976),  que destruyó Calahorra/Logroño y San Esteban de Gormáz/Soria  –‘una de las poblaciones con más historia y leyenda del reino’, con situación estratégica a las orillas del Duero-, Fernán González actuó al margen de la debilidad real y desorden imperantes en la época. Procuró asegurar su posición como señor [hereditario] del condado de Castilla, llegando a gobernar un extenso territorio (casi 40 mil/km²), desde el mar Cantábrico hasta las estribaciones de Guadarrama y Somosierra. Dejó a su hijo García Fernández (938-995) la sucesión hereditaria de lo que sería el reino de Castilla. Su vida y gestas guerreras fueron enaltecidas y consagradas en un canto épico, el Poema de Fernán González (1271). La Historia ha reservado a este personaje un lugar especial y, tal vez por eso, le tenga otorgado el título honorífico de El Buen Conde. El poema termina con estos versos: ‘quiso Dios al buen Conde hacer esta gracia: / ni moros ni  cristianos le pudieron vencer’. Tras su muerte, García Fernández, hijo y heredero, sigue reconociendo la superioridad jurídica del reino leonés, pero actúa con plena autonomía administrativa en su extenso territorio. Para hacer frente al poderío musulmán amplió la base social del condado de Castilla y promulgó a ley de las ordenanzas = equipara los caballeros  villanos a los infanzones; quien dispusiese de un caballo para la guerra era equiparado automáticamente con los nobles de 2ª clase. La historia le pinta como el de las manos blancas, pero al contrario de lo que se pueda imaginar fue un gran guerrero. A final, como indican los anales, ‘luchó contra el mejor capitán de su tiempo [Almanzor] y uno de los mayores genios de la guerra’. Y para finalizar, otro recado para nuestro pueblo a través del conde de Monzón: en 974, entran juntos de nuevo en el palacio Madinat al-Zahara [en Córdoba] los enviados de García Fernández y de Fernando Ansúrez [conde de Monzón]. Tienen  la misión de observar el desenvolvimiento de la política cordobesa’. En verdad, los caudillos de la reina Elvira (su hija), los del condado de Monzón y los de la casa de Lara, habían olvidado antiguos resentimientos; ahora se tornaban amigos y expedicionarios contra las huestes musulmanas. La prisión en manos sarracenas y la muerte violenta de García Fernández fueron las dos noticias que más impresionaron  a sus contemporáneos. Tal vez porque la captura de García Fernández no fue en ninguna campaña contra Almanzor; antes fue el resultado de un choque fronterizo puramente casual. Un breviario antiguo de Cardeña dice: ‘fue preso y lanceado, y al 5º día se murió; los moros  le llevaron a Córdoba y después le trajeron a este convento de [San Pedro de Cardeña]’. Así terminó el gran caudillo castellano, hijo y señor de Amaya.