segunda-feira, 24 de março de 2014

La Ojeda: los nacionalismos en España (1)



                       
               En el apartado anterior explanábamos corolarios importantes en el intento pragmático de mejor entender el condado de Cataluña en su afán de tornarse más autonómico, y  si posible independiente. Decíamos que durante el siglo X, algunos territorios de la Marca Hispánica se convirtieron en condados independientes del imperio Carolingio, y las guerras civiles de sucesión hicieron normalmente su trabajo de desgaste que el conde de Barcelona oficializó en 998 al no prestar más juramento de vasallaje al monarca de la nueva dinastía de los Capetos, no porque  tuviese pecho de enfrentarle (se lo pidió hasta por escrito), sino porque no obtuvo cualquier respuesta. Con la formación de los condados y una cierta estabilidad política tras la invasión musulmana, grandes contingentes de [re]población se dislocaron para la actual Cataluña, prevaleciendo los pequeños propietarios libres llamados aloers = una sociedad típicamente agraria donde cada núcleo familiar producía lo que consumía, generando muy pocos excedentes. Cataluña a lo largo del tiempo acabó caracterizándose por una sociedad presionada por las luchas constantes entre los señoríos y sus lazos feudales con aquellos campesinos libres (‘aloers’): casi todo el siglo XI fue dominado por guerras sociales virulentas, donde la violencia señorial arrolló a los hombres del campo, gracias a las ventajas que obtenían con las nuevas tácticas militares (caballería pesada y mercenarios bien armados). En consecuencia, la mayoría del campesinado se transformó en siervos sometidos al señor. Por otro lado, la división del territorio en diversos señoríos debilitó el condado de Barcelona, dando lugar con el tiempo a un Estado feudal basado en complejas fidelidades y dependencias, al frente de cuyo gobierno estuvo siempre el conde de Barcelona. Posteriormente, la unión de muchos de esos condados aparentemente dispersos pasarían a formar la corona de Aragón. Fue en esta época que Cataluña adquirió mayor visibilidad histórica cuando el conde Berenguer IV el Santo casó con Petronila, hija de Ramino II el Monje (1086-1157), que hizo donación de su hija y del reino de Aragón al conde de Barcelona, pero ‘salva la fidelidad a mí y a mi hija’. Por tanto, nunca cedió la dignidad regia y, por eso, continuó siendo rey, señor y ‘padre’ (suegro) de Ramón Berenguer IV el Santo, tanto en Aragón como en todos sus condados. De ahí decirse que la unión del condado de Barcelona y el reino de Aragón no se realizaron por fusión o conquista, sino a través de una unión dinástica pactada (en Cataluña todo tiene que ser pactado, ya cuanto al cumplimiento de lo pactado sólo si es favor).  De hecho, los territorios se mantuvieron separados con sus propias leyes, costumbres e instituciones, y los sucesivos monarcas respetaron lo pactado por sus antecesores. En esta época, el catalán era un idioma común en la corona de Aragón, además del ‘aragonés’ o baturro que abarcaba grandes zonas rurales (valles y territorios somontanos).   
            Otro momento impactante para entender el nacionalismo catalán ocurrió en el reinado de Pedro IV el Ceremonioso (1336-1387). Tratase de un rey enérgico y duro que reorganizó la corte, la administración y el ejército, dirigiendo sus actividades a incrementar el poder real en el interior de su reino e a aumentar sus dominios en el mar Mediterráneo a través de los condados catalanes. Sin embargo, su reinado se caracterizó por graves tensiones bélicas: la anexión de Mallorca por las armas, la rebelión sarda (reino de Cerdeña), la rebelión de los unionistas aragoneses y valencianos, la ‘guerra de los dos Pedros’ entre Pedro el Ceremonioso de Aragón, y Pedro I el Cruel de Castilla, por territorios murcianos, etc. Todos estos episodios generaron una delicada crisis financiera, afectando también a sectores demográficos e económicos de Cataluña. Como siempre lo hizo, y continúa a hacerlo hasta hoy, ante la guerra de los dos Pedros (Castilla invadió Aragón y Valencia) y los grandes gastos  impuestos a la corona  por los diversos enfrentamientos bélicos, los catalanes resolvieron instituir la Generalitat = ‘una entidad con atribuciones ejecutivas en materia fiscal’, con 12 diputados y ‘algunos oyentes de cuentas’ para controlar el ‘servicio’ (tributo real). Este impuesto era conocido popularmente como ‘generalitat’: el nombre pasó a designar a los distritos fiscales o generalitès. Aprovechando la oportunidad del interregno -Martín I el Humano (1356-1410) dejó vacante la corona a su muerte-, la Generalitat catalana asumió las responsabilidades políticas, o sea, ‘se organizó políticamente en un autogobierno, ejerciendo funciones de consejo  y también legislativasa través de los tres estamentos que integraban las cortes catalanas: el eclesiástico (clero), el militar (nobleza) y el popular (‘cámara real’) = los pueblos y ciudades directamente sometidos al poder del rey.  A ese conjunto de representantes catalanes en las cortes se denominó Generalitat de Catalunya, con finalidad casi única, de controlar la administración local bajo la autoridad de su presidente, en la ocasión Berenguer de Cruilles, obispo de Gerona (1359). Los catalanes la consideran el precedente de las actuales instituciones políticas en dirección a la independencia, iniciada con el conde Borrell II, cuando éste no renovó el pacto de vasallaje con el rey franco Hugo Capeto (998), pese a que lo requirió por escrito. Como es a favor, todo sirve...
        Al morir Martín I sin descendencia legítima y sin nombrar su sucesor, se deliberó en Caspe/Zaragoza -este episodio quedó conocido en la historia como Compromiso de Caspe (1412)- sobre los derechos de los seis pretendientes al trono, y quién de los candidatos debía ocupar la corona de Aragón: conquistó el trono por vía legítima Fernando I de Trastámara, el de Antequera, infante de Castilla (nieto por parte materna de Pedro IV el Ceremonioso de Aragón, y nieto por vía paterna de Enrique II de Castilla). Todos pertenecían a la Casa Real de Aragón, y debido a su parentesco con el rey  relativamente cercano, ninguno de ellos rompería el linaje dinástico. Esta decisión final, incluía la Concordia de Alcañiz/Teruel (1412), que se efectuó mediante consenso, sin señalar discrepancias y aprobando las propuestas por unanimidad. En el acta original notarial se proclama a Fernando I de Antequera rey de Aragón con vasallaje de los parlamentos de Aragón, Valencia y Cataluña = el mensajero que llevó la noticia a la asamblea catalana reunida en Tortosa, contestó a las preguntas del obispo de Gerona, respondiendo: ‘la proclamación se ha realizado por las nueve personas en gran y feliz concordia’.  Los dirigentes catalanes y algunos de sus ‘historiadores’ ante las evidencias de las actas no responden, pero insisten en que el rey ‘violentó’ a su Generalitat. ¿Cómo así, caras pálidas? Se hizo por ‘unanimidad’, ‘con gran y feliz concordia’, incluso de los representantes de Cataluña que ofrecieron vasallaje a Fernando I rey de Aragón (era hijo de Juan I de Castilla) en cuya corona y apenas como territorio sometido, se encontraba Cataluña. Interesante: fundamentan sus derechos en el no vasallaje de Borrel II al rey franco Hugo Capeto, por que este hecho sería a favor de Cataluña; ya el vasallaje a  Fernando I no sirve porque va contra Cataluña. Haya paciencia y pachorra con estos ‘historiadores’ catalanes. Y más aún: los tres representantes catalanes ante su parlamento (y a instancia de algunos diputados), y por estar presentes al Compromiso de Caspe, declararon: ‘en todo momento habían sido libres y sin miedo de presiones, siendo que al final del proceso todos eran de la misma opinión’, o sea, eran simplemente unánimes. No entiendo con sinceridad porque los catalanes inventan mentiras y tergiversan la historia insistiendo en que Cataluña fue reino y por eso tendría derechos a ser una nación independiente. No existe ilación ni lógica. Cada vez me confirmo más que se trata de un complejo de inferioridad histórica. Escucha, oh catalán irrequieto y rebelde: acepta lo que fuiste, y valoriza lo que eres hoy en día. Eres un parque industrial de primera categoría, importante para ti y para tus trabajadores sean catalanes ‘natos’ sean hijos adoptivos a quienes das trabajo y pan, lo que todo el mundo más quiere. ¿Por qué insistes, oh Cataluña contestataria, en crear casos y más casos a través de mentiras e interpretaciones históricas sin más sentido en nuestros días? Vive tu vida y deja vivir a tus vecinos. Sólo creas animosidad y odio, cuando deberías distribuir paz (orden), trabajo y progreso. Un consejo: se feliz con las dádivas que Dios y el destino puso en tus manos ‘trabajadoras’, y colabora con los vecinos que no quieren saber de politiconas de quinta categoría. Rompe la coraza de tu ‘inferioridad histórica’ y sigue adelante dentro de tu pequeño territorio, con tu gente ‘materna’ y con tus inmigrantes = ésta sí la mano poderosa que te ha dado dinero, desarrollo y bienestar. Haber sido reino o simple condado no muda en nada los acontecimientos ya pasados. ¡Despertad, hombres de Cataluña!  
             Pues bien: después de ese paréntesis, prosigo diciendo que Fernando de Trastámara fue proclamado rey como Fernando I de Aragón, y entró en Zaragoza (¡no lo hizo en Barcelona, a pesar de ser una ciudad mucho más importante!), jurando su título antes las cortes del reino cuya capital era Zaragoza, y junto a su hijo primogénito, futuro Alfonso V de Aragón. El historiador José Ángel Sesma nos dice: ‘el breve reinado de Fernando I [tres años y nueve meses] no supuso de ninguna manera una nueva etapa para la corona [de Aragón], ni siquiera se puede hablar de un cambio de dinastía. La Casa real de Aragón seguirá en el trono, al menos durante el siglo XV’. Al año siguiente, Fernando I se dirigió a Barcelona para jurar los usos y costumbres catalanas, cediendo al llamado pactismo catalán  (¡?) = doctrina que limitaba la autoridad del rey a favor de las cortes catalanas y de la Generalitat, considerada hasta por historiadores catalanes apócrifa ej.: Pere Verdés Pijuan, doctor en Historia Medieval por la Universidad de Barcelona (2004): ‘un mito historiográfico, elaborado con posteridad a los hechos con una clara intencionalidad política’. ¡Qué raza, siempre mintiendo y queriendo trapacear! Pero que lo vamos hacer: al final se percibe el carácter chusquero con quien estamos lidiando!  En estas y otras mentiras o engaños se fundamenta parte del nacionalismo catalán, donde sobresalen dos presupuestos ridículos:
       (1) después de plantearse y decir que la cultura catalana es muy diferente de la cultura española (¡?), parte para lo grotesco: ‘Cataluña es una nación oprimida por España desde su ocupación por las tropas borbónicas’ (1714), con la subsecuente supresión de las instituciones catalanas y la prohibición de su lengua ‘materna’ en la administración pública, además de otras reclamaciones… Como se acostumbra decir, los catalanes piensan que son el ombligo del mundo; son los únicos sobrevivientes de la especie humana. Esta tesis me parece tan infantil que no merece mucho interés de nuestra parte. Basta calcular lo que sería este mundo si todas las minorías o ‘naciones tribales’ de la Tierra viniesen con la cantilena de que fueron conquistadas y oprimidas por otros pueblos advenedizos. Sólo que en el caso de Cataluña no lo fue en hipótesis alguna. Si siguiésemos el deseo catalán no quedaría piedra sobre piedra; si prevaleciera la tesis catalana, ¿qué país  se podría considerar legítimo? Sin duda, llegaríamos hasta los hombres de las cavernas; o por lo menos, hasta los primeros habitantes de cualquier territorio como acontece en determinados países con los indígenas. Ciertamente, oiríamos la respuesta común en estos casos: ‘quéjate al obispo; y si quieres puedes decírselo al papa’. Los españoles de todos los tiempos han tenido y tienen mucha paciencia con los catalanes: esto es un facto histórico. En países mucho más divididos históricamente como Alemania, Italia, India (= aquí se hablan 250 lenguas, y otros tantos dialectos), China, Indonesia y Rusia (sin contar casi todos los 54 países de África), donde se hablan idiomas, lenguas y dialectos de toda especie (unas 2.000), y no es por eso que escuchamos reclamaciones y deseos de independencia. Y si existen reclamaciones, por ejemplo, en algunos países africanos,  es debido más a la violencia entre tribus que por otros motivos. Hay países, como la Irlanda o República del Eire, donde vemos reclamaciones nacionalistas, pero la situación es completamente diferente a la catalana. A final, al Eire le quitaron o ‘robaron’ un pedazo que era suyo, y mismo así las reclamaciones tienen otro matiz más religioso, de fundo social y derechos políticos exclusivistas (protestantes), sustraídos a la otra comunidad (católica). En Cataluña no existe nada de esas cosas. Cataluña quiere por que quiere ‘separarse de España’, llevando consigo un territorio, edificaciones públicas y riquezas españolas que no son exclusivamente suyas, pues son por ley constitucional propias de una entidad mayor que luchó por ellas a través  de los siglos. No es porque no me siento bien en mi familia, por los mil motivos que sean,  tengo derecho a llevarme lo que no es exclusivamente mío sino que tiene muchos otros dueños. El territorio español en toda su extensión es indivisible, y sus dueños no son los catalanes, los castellanos, los andaluces etc, sino todos los españoles. Y si llevamos las cosas al extremo, verificamos que Cataluña a diferencia de Portugal no supo o no tuvo fuerzas suficientes para independizarse en sus momentos áureos por pura incompetencia o falta de estrategas. Y por una razón simple: Cataluña así como Castilla, Asturias y Cantabria, no fueron reconquistadas y construidas por catalanes, castellanos, asturianos y cántabros, y sí por todos y cada uno de los españoles de todos los siglos. A los catalanes, debería ser aplicado aquel dicho brasileño: ‘los incomodados que se muden’.
       (2) el nacionalismo catalán reclama asimismo que Cataluña está sometida a un agravio económico por parte del Estado español, debido al déficit en su balanza fiscal, entendiendo que recibe mucho menos de lo que aporta en impuestos. Los catalanes argumentan que tienen derechos ‘históricos’ de autogobierno con respecto a España en sectores ejecutivos, legislativos, judiciales,  económicos y culturales. Y aún defienden que Cataluña, aunque forme parte [yo digo indivisible territorialmente] de España, tiene derecho a participar de forma oficial en acontecimientos internacionales como ocurre en el Reino Unido con el fútbol, donde Inglaterra, el País de Gales, Escocia e Irlanda del Norte, tienen sus propias selecciones. ¡Una estupidez sin tamaño! Entonces el Brasil, por ejemplo, como es una potencia en esa modalidad deportiva tendría derecho a 27 selecciones, porque cada Estado brasileño (también son autónomos) tiene capacidad técnica de participar con sus numerosos y óptimos jugadores. O también los EUA y la Rusia, con 53 y más de 100 estados autónomos, respectivamente, podrían competir en varias modalidades con mucha probabilidad de ser campeones. Los catalanes son extremamente prepotentes y patéticos: afuera el equipo del Barcelona de glorias más pasadas que presentes, ¿en qué son alguna cosa? Podrían competir en paseatas, motines y rebeliones: en esas ‘competiciones’, ciertamente serían campeones y ganarían medallas de oro. Que me disculpen, pero es ingenuidad extrema o malicia refinada de quien no sabe lo que está diciendo o lo dice por no saber a que apelar en su raciocinio irracional. El caso de fútbol inglés -los catalanes parece no saberlo-, fueron los ‘inventores’ del fútbol y, por deferencia y otros motivos que no vienen al caso, se les concedió ese privilegio, a ellos exclusivamente. Y no piensen los catalanes que no existen muchas reclamaciones contra ese viejo privilegio que hoy en día no tiene más ningún sentido ni por la historia, y mucho menos por la capacidad técnica. Sus mejores equipos son todos ellos legiones extranjeras…     
Ahora bien: en el caso discutible de Cataluña conviene distinguir el nacionalismo catalán (agresivo,  inconsequente y extremamente repetitivo) del catalanismo = un movimiento cultural que defiende la preservación de los valores propios y diferenciados de la personalidad histórica de Cataluña: tradiciones, usos y costumbres, cultura, lengua catalana - el catalán de origen románico como el castellano. El catalanismo actual aunque con atisbos también políticos, presenta tres corrientes más o menos distintas (¡?): a veces pienso que es para engañar a los incautos, porque los catalanes no han hecho otra cosa que engañar y mentir en la historia. Vienen usando términos no bien esclarecidos o complicados desde hace mucho tiempo. Últimamente, lo hacen con abertura simplista como si fuese la única cosa importante del mundo. Como dije anteriormente, el número de hablantes del catalán en el Área Metropolitana de Barcelona, según estadísticas de ‘institutos catalanes’ (¡?), son de apenas 27,8%. Y si valiesen las comparaciones, Cataluña no tendría los 7,4 millones de habitantes censados (2009) -en 2012 tenía exactos 7.565.605 millones/hab.- si no fuese por los inmigrantes de otras regiones españolas. Y observe, caro lector, aquella Área Metropolitana concentra casi el 70% de la población, o sea, unos 5,5 millones/hab. Cataluña posee 964 municipios, con poca población rural, en donde según los estatutos de estadísticas se concentra el mayor número de hablantes del catalán, siendo que la mayoría de los catalanes (95%) vive en 300 municipios (por tanto, menos de una tercera parte) con más de 2 mil habitantes. A su vez, 63 municipios con más de 20.000 habitantes comportan aquellos casi 70% de la población absoluta. Por tanto, si están dispuestos a defender la democracia, y llevan en consideración las presuntas corrientes del catalanismo (últimamente, están quitando la máscara del auténtico catalanismo que decían defender). Esas corrientes o caminos serían:
      (1ª) aquellos que reivindican, sin posicionamientos políticos, las tradiciones de sus antepasados y el derecho histórico (¡?) propio y exclusivo de Cataluña como entidad cultural con literatura, textos y lengua diversa del castellano;
     (2ª) aquellos que defienden el tradicionalismo catalán relacionado con los derechos históricos de Cataluña, pero dentro de la comunidad hispánica soberana; y
      (3ª) el nacionalismo catalán propiamente dicho, defensor de las tesis filosóficas y naturalistas del idealismo alemán y aquel historicismo que postulaba la consecución, en última instancia, de una ‘nación catalana’ (¡?) independiente.     
               El nacionalismo catalán del siglo XIX, hegemónico dentro del catalanismo cultural más o menos sufrible porque es muy resbaladizo, se le conoce como catalanismo político, o simplemente catalanismo, más tarde articulado con el movimiento de la Renaixença (o renacimiento, en español), imperante a partir de la década de 1830/40 cuando se promovió ‘la recuperación, normalización y reconocimiento de la lengua catalana’, debido sobre todo a la influencia del romanticismo europeo. En la revista Renaixença (1915), un teórico así definía al catalanismo: busca  y defiende ‘la exaltación  del sentimiento nacional, el reconocimiento por los catalanes de la Patria Catalana y la doctrina que lucha por las reivindicaciones políticas de Cataluña’. Como se ve la distinción entre catalanismo y nacionalismo catalán, al menos en estas frases,  es tan sutil que no parece muy clara; o tal vez esté clara demás porque para mí es la misma cosa. El contenido es el mismo: subterfugios a parte, siempre está en juego el historicismo catalán reivindicando autonomía plena. De cualquier manera, ese tipo de ‘catalanismo’ impulsó algunas tradiciones históricas catalanas  de alguna o poca relevancia ej.: la sardana, los símbolos catalanes (ni el origen de la bandera está claro), los castellers (hechos ‘épicos’ de Cataluña  (¡?); algunos tergiversados o fuera del contexto factual) etc. Me marcó de niño la película ‘Don Juan de Serralonga’ (filme de 1949), porque estábamos acostumbrados a un final feliz del cine americano, y por la primera vez en mi vida presencié un  final trágico; me dejó la cabeza pesada por causa del héroe español y, por mera coincidencia, nacido en Cataluña . Se dice que el catalanismo recuperó ‘la memoria histórica de Cataluña’ (¡?), pues a finales del siglo XIX proliferaron obras y artículos que glosaban la historia de Cataluña, principalmente los hechos de 1714 cuando el principado catalán fue ‘ocupado’ por las tropas borbónicas de Felipe V, y fueron dictados los Reales Decretos de la Nueva Planta (1716). Como consecuencia, líderes políticos y algunos intelectuales defendieron la ideología simplista del catalanismo, de la cual surgieron los primeros partidos y organizaciones políticas, reclamando la autonomía de Cataluña frente a España, en virtud de su historia (¡?) y de los hechos diferenciales relacionados a la cultura, a la política y a la economía catalanas - las Bases de Manresa (1892).

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